Etiqueta: Conservación Preventiva

El deterioro de la memoria escrita (V): lápiz, guantes y delicadeza

“El guardián de los manuscritos me da un lápiz y seis delicadas hojas para que haga mis notas. Me recuerda que también debo dejar mi libreta de apuntes y mi birome en uno de los lockers. Y muy amablemente me indica un pupitre en el que puedo esperar por una de las cajas que solicité. Antes de ello, debo lavar cuidadosamente mis manos en un lugar especialmente dispuesto para esos fines en la antesala de lectura.”
Juan José Mendoza, 8 de marzo de 2013

Juan José Mendoza describe de esta manera su toma de contacto con los manuscritos conservados en la Firestone Library de la Universidad de Princeton. El obligado empleo de lápiz y el abandono del bolígrafo antes de acceder a la sala, así como el preceptivo lavado de manos previo a la toma de contacto con los documentos, se convierten, bajo la expresión literaria de Mendoza, en un verdadero ritual. Pero eso sí, en un ritual ejemplar que, por desgracia, no se cumple en muchos de nuestros archivos y centros de documentación. Continue Reading

El deterioro de la memoria escrita (IV): Por el humo se sabe donde está el fuego

“¿No me recuerdan? Soy el número 30. He estado mucho tiempo sin contar mis vivencias archivísticas porque ha habido un gran desastre en mi casa. Las llamas han acabado con parte de mis compañeros y el análisis y valoración de los daños, la limpieza y reorganización del depósito, así como la recopilación del material que podía ser tratado y recuperado, han hecho que a los sanos nos hayan trasladado a un espacio de transición durante un tiempo. Hemos tardado en adaptarnos a esta nueva estancia. Sumidos en la oscuridad y en la tristeza hemos descansado –al permanecer cerrado el archivo por causas de fuerza mayor-, y tratado de imaginar qué suerte habían corrido el resto de los documentos.
No recuerdo bien lo que sucedió. Era de noche y todos dormíamos. De pronto me despertó el grito de algunas palabras de mi protocolo, más sensibles que yo a los ruidos, cuya ubicación les impedía conocer que estaba pasando. Intentaban despertarme porque yo, desde la esquina que ocupo, puedo acceder más fácilmente al exterior y ver lo que ocurre a nuestro alrededor. Desde que me desperté descubrí un olor extraño. Un aroma que no reconocía porque nunca lo había olido antes. Me asomé al borde del protocoló y un gran bullicio me inquietó. ¿Qué sucede?, ¿Qué es todo esta bruma negra? ¿y esos destellos amarillos? Los más ancianos me informaron: ¡es fuego y humo! Me vino a la memoria una de las historias que contaban en nuestras reuniones nocturnas y, desde luego, no me gustó nada lo que suponía que podía deparar aquella situación. Conocía el peligro del fuego, pero nunca había vivido uno. Nunca pensé que llegara a suceder. Pero sí, allí estaba rodeado de humo y atemorizado por el crepitar lejano del soporte de otros protocolos. Después del humo y el fuego llegó el agua, el polvo… Realmente no sabría decir que  era peor. Todavía recordábamos lo sucedido con la cañería que se había estropeado algunos años antes. El caos fue total: fuego, humo, agua, sonido de alarmas, nervios entre los legajos… No era para menos, porque la imagen era dantesca. Con la ayuda de los bomberos, poco a poco, desaparecieron las llamas, pero el destrozo era tan grande que nadie recordaba algo igual en nuestro depósito”

Este imaginario relato bien puede corresponder a la sucesión de los hechos ocurridos en elarchivo del Ayuntamiento de Los Palacios y Villafranca (Sevilla) hace escasos días, acontecimiento del que todavía siguen ocupándose los medios de información, especialmente la prensa y la televisión. El estado en que quedó el archivo tras la acción nociva de las llamas vuelve a hacernos reflexionar sobre la existencia o no de adecuadas medidas de seguridad y protección contra incendios, así como de la idónea ubicación de los depósitos de archivos o de la aptitud de los inmuebles en que éstos se emplazan. Continue Reading

El deterioro de la memoria escrita (II): Los insaciables xilófagos

“Percibimos leves movimientos acompañados por sonidos extraños, y un olor ajeno se diluyó en nuestra ya viciada atmósfera. Rápidamente se corrió la voz entre nosotras… ¡se había despertado! La primera en caer fue la vieja “Sepan”, y con una rapidez inusual desapareció “cuantas”. A éstas primeras víctimas le siguieron “esta”, “carta” y “vieren”… Ésta última no murió engullida: se disolvió lentamente, como quien cae por un precipicio, ante la desintegración del soporte que le servía de sustento. Sí, nuestras cinco compañeras habían desaparecido ante el voraz apetito de aquella carcoma. En su lugar había quedado una sinuosa galería que poco a poco se iba haciendo cada vez más profunda en el incansable camino de la larva en busca de su sustento celulósico. Desde la situación que me proporciona ser un número de folio, desde mi esquina -hasta el momento libre del ataque-, pude ser testigo de toda aquella destrucción, con la esperanza de que el monstruo insaciable, atraido por otros sabores más apetecibles, cambiara su trayectoria y no viniera hacia mí. Yo soy el 30 y sabía que, si no resistía la embestida, detrás de mí irían todos los demás, complicándose así cualquier posibilidad de ordenar nuevamente aquellas hojas …”

Si yo fuera escritor -que no lo soy- daría comienzo así a un relato de ficción que tuviera por escenario una ecritura de compraventa inserta en un protocolo notarial. Porque, si la tinta tenía un “instinto asesino“, e incluso suicida,  actuando a partir del instante mismo de su generación con mucha paciencia y de manera silente desde el interior del documento en detrimento de su conservación, los insectos xilófagos pueden considerarse esos visitantes no deseados y de los que estamos ansiosos de deshacernos cuando aparecen por casa. Su actuación es también lenta, callada y… a traición, revelándose como esos seres molestos, ajenos a la realidad  y a la génesis documental, que no sólo destruyen la memoria, sino que ponen a prueba la paciencia de los archiveros y conservadores -vigilantes, custodios y médicos preventivos-, y de los restauradores -cirujanos y médicos especialistas que tratan enfermos en diferentes niveles de gravedad. Aunque con sus actuaciones estos profesionales hacen todo lo posible, no sólo por expulsarlos de casa, sino por intentar que nunca nos visiten, en algunos momentos -ya cada vez menos afortunadamente-, los xilófagos se convierten en una verdadera pesadilla. Y, si tenemos la suerte de que ya no aparezcan, sí podemos apreciar fácilmente su indiscutible rastro alusivo a pesadillas sufridas en el pasado. Continue Reading

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