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El deterioro de la memoria escrita (II): Los insaciables xilófagos

“Percibimos leves movimientos acompañados por sonidos extraños, y un olor ajeno se diluyó en nuestra ya viciada atmósfera. Rápidamente se corrió la voz entre nosotras… ¡se había despertado! La primera en caer fue la vieja “Sepan”, y con una rapidez inusual desapareció “cuantas”. A éstas primeras víctimas le siguieron “esta”, “carta” y “vieren”… Ésta última no murió engullida: se disolvió lentamente, como quien cae por un precipicio, ante la desintegración del soporte que le servía de sustento. Sí, nuestras cinco compañeras habían desaparecido ante el voraz apetito de aquella carcoma. En su lugar había quedado una sinuosa galería que poco a poco se iba haciendo cada vez más profunda en el incansable camino de la larva en busca de su sustento celulósico. Desde la situación que me proporciona ser un número de folio, desde mi esquina -hasta el momento libre del ataque-, pude ser testigo de toda aquella destrucción, con la esperanza de que el monstruo insaciable, atraido por otros sabores más apetecibles, cambiara su trayectoria y no viniera hacia mí. Yo soy el 30 y sabía que, si no resistía la embestida, detrás de mí irían todos los demás, complicándose así cualquier posibilidad de ordenar nuevamente aquellas hojas …”

Si yo fuera escritor -que no lo soy- daría comienzo así a un relato de ficción que tuviera por escenario una ecritura de compraventa inserta en un protocolo notarial. Porque, si la tinta tenía un “instinto asesino“, e incluso suicida,  actuando a partir del instante mismo de su generación con mucha paciencia y de manera silente desde el interior del documento en detrimento de su conservación, los insectos xilófagos pueden considerarse esos visitantes no deseados y de los que estamos ansiosos de deshacernos cuando aparecen por casa. Su actuación es también lenta, callada y… a traición, revelándose como esos seres molestos, ajenos a la realidad  y a la génesis documental, que no sólo destruyen la memoria, sino que ponen a prueba la paciencia de los archiveros y conservadores -vigilantes, custodios y médicos preventivos-, y de los restauradores -cirujanos y médicos especialistas que tratan enfermos en diferentes niveles de gravedad. Aunque con sus actuaciones estos profesionales hacen todo lo posible, no sólo por expulsarlos de casa, sino por intentar que nunca nos visiten, en algunos momentos -ya cada vez menos afortunadamente-, los xilófagos se convierten en una verdadera pesadilla. Y, si tenemos la suerte de que ya no aparezcan, sí podemos apreciar fácilmente su indiscutible rastro alusivo a pesadillas sufridas en el pasado. Continue Reading

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