La Biblioteca Nacional y el Arqueológico, caras del ‘banco central’ de la cultura

114527.th_maxLa institución más antigua es la Biblioteca. El. 29 de diciembre de 1711, Felipe V creaba la Real Librería Publica desgajada de la Real Biblioteca de Palacio y pocos meses después abría sus puertas en el pasadizo que unía la Casa del Tesoro, en lo que hoy es la plaza de Oriente, y el monasterio de la Encarnación. Era este un largo edificio con 5,85 metros de ancho y tres plantas donde se metieron 8.000 volúmenes entre manuscritos e impresos. La importancia de la biblioteca creció no obstante en 1716 cuando el rey firmó tres cédulas por las que se obligaba a autores, impresores y editores a contribuir con un ejemplar de cada impresión hecho en España y otorgaba a este organismo el derecho de tanteo en la compra de cualquier biblioteca en venta.

El incendio que el día de Nochebuena de 1734 destruyó el alcázar hizo que este pasadizo, utilizado precisamente para poner a salvo numerosas obras de arte, fuera cuestionado en los nuevos planes urbanísticos que se hicieron para la zona donde, con planos de Juan Bautista Saqueti, se iba a levantar el Palacio Real. El traslado no se produjo, sin embargo, hasta 1809, cuando José I ordenó el derribo de varios edificios para abrir la plaza de Oriente y la biblioteca se llevó al convento de los Trinitarios Calzados de la calle Atocha, tras pasar provisionalmente por la llamada Casa del Duende, junto al Cuartel de Conde Duque.

Las siguientes estaciones de este periplo fueron la planta principal del palacio del Almirantazgo, antiguo palacio de Godoy, en la plaza de la Marina Española (1818), y la casa del marqués de Alcañices, en la calle Arrieta, (1826) que fue adquirida y rehabilitada por orden del rey (el coste fue de 1,4 millones de reales) donde la biblioteca permanecería 69 años. Durante este periodo, la Librería Real cambió de nombre pues en 1836, cuando ya tenía 120.000 volúmenes, pasó a depender del ministerio de la Gobernación y a llamarse Biblioteca Nacional.

Por su parte, el museo Arqueológico fue creado en 1867. La ubicación elegida fue la actual glorieta de Embajadores, en una casa de recreo, construida en 1808 por Manuel Romero, ministro de Justicia con José I, que en 1817 le fue regalada por el Ayuntamiento a la reina Isabel de Braganza, esposa de Fernando VII, razón por la que pasó a llamarseCasino de la Reina. A este edificio, hoy utilizado como centro social del Ayuntamiento, fueron llevadas las colecciones de medallas -monedas que no son de curso legal- de la Biblioteca Nacional y una colección de objetos arqueológicos y etnográficos del museo de Ciencias Naturales.

“Como el Casino de la Reina era un palacete pequeño, hubo que construir varias naves en el jardín. Las obras duraron desde 1867 hasta el 9 de julio de 1871 en que lo inauguró Amadeo I. Fue una de las pocas cosas que este rey pudo hacer”, dice Carmen Marcos, subdirectora del Museo Arqueológico Nacional.

Un nuevo palacio

La Biblioteca Nacional y el Museo Arqueológico vieron alterado su futuro a partir de 1860, cuando el Gobierno encargó dos anteproyectos para el solar, hoy delimitado por el paseo de Recoletos y las calles Jorge Juan, Serrano y Villanueva sobre el que había estado la Escuela de Veterinaria. A Francisco Jareño se le encargó que proyectara un edificio para albergar el Ministerio de Fomento, la Biblioteca Nacional, el Museo Arqueológico y Numismático y el Museo nacional de Pintura y Escultura; a Francisco Enríquez Ferrer se le encargó otro para albergar a la Biblioteca y los museos nacionales sin incluir el ministerio de Fomento. Finalmente Jareño fue autorizado a optar también a este segundo proyecto.

En los seis años posteriores, el proyecto, que le fue adjudicado definitivamente a Jareño en 1863, sufriría numerosas variaciones pues el arquitecto consiguió convencer a los responsables para que el inmueble, de 134 por 108,5 metros, se levantara en el centro de la parcela, retranqueado del paseo de Recoletos y con una sola escalera imperial en vez de las dos inicialmente previstas. El proyecto contemplaba la ubicación de la biblioteca en el centro y de los museos en el anillo exterior.

El 21 de abril de 1866, a las cinco de la tarde, la reina Isabel II presidió el acto de colocación de la primera piedra para el que el compositor Francisco Asenjo Barbieri compuso hasta una marcha. Sin embargo, dos años después las obras sufrieron un parón que duró hasta 1874. Ello aconsejó realizar algunas ampliaciones en las sedes que, por entonces, ocupaban ambas instituciones que ya sufrían problemas de espacio. Por ejemplo, se construyó, con proyecto de Enrique María Repullés, un pabellón en el jardín de la casa del marqués de Alcañices para dedicarlo a depósito de libros.

Entre tanto, la marcha del edificio de Recoletos acumulaba retrasos. En 1881 el entonces director de la Biblioteca Nacional, Cayetano Rosell, logró que el recién ministro de Fomento, José Luis Albareda, cesara a Jareño con el argumento de que no estaban satisfechos con su proyecto. “Rosell quería sacar los depósitos de libros de la sala de lectura y llevarlos a un depósito exterior, algo con lo que no estaba de acuerdo Jareño”, explica Gema Hernández Corralón, jefe del museo de la Biblioteca Nacional. “El cese fue criticado porque Rosell y Albareda eran consuegros y, tras la marcha de Jareño, el proyecto pasó a manos de Álvaro, hijo del director de la Biblioteca”, indica Gema Hernández.

Aunque, oficialmente, se dejó como responsable de la obra al arquitecto José María Ortiz, que había sido auxiliar primero de Jareño, este delegó el proyecto en Álvaro Rosell, aunque se guardó para sí la dirección facultativa de las obras. De nada valió este cambio pues, en 1884, la Junta consultiva terminó rechazando tanto el proyecto de Rosell como el que el propio Ortiz presentó modificando el de su “segundo”. “En la decisión de la Junta influyó, sin duda, que, para entonces, el ministro ya había cesado y el director de la Biblioteca había fallecido”, añade la jefe del museo.

Fue entonces cuando se encargó el proyecto a Antonio Ruiz de Salces que, adaptó su propuesta a lo ya realizado -la cimentación estaba completa y la construcción alcanzaba la primera planta-, pero modificó el resto. “El Gobierno aprovechó para cambiar los planes y anunció que quería meter en el edificio la Biblioteca Nacional, el Museo Arqueológico, el Museo de Pintura y Escultura contemporánea a partir del XIX y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, excluidas las escuelas. Iba a ser como el templo de la Sabiduría“, dice Hernández Corralón.

Ruiz de Salces mantuvo el anillo perimetral, los dos accesos de Recoletos y Serrano y los patios, pero transformó la gran sala de lectura que convirtió de octogonal en cuadrada, redujo su altura y eliminó la gran cúpula que caracterizaba el diseño de Jareño. Los cuatro niveles de librerías perimetrales previstos en el proyecto original fueron trasladados al gran depósito general que Ruiz de Salces propuso crear junto al salón central. También prescindió de la escalera imperial, varió las fachadas y cubrió algunos patios con estructuras de hierro y cristal. Tales cambios provocaron la protesta enérgica de Jareño quien, además, argumentó que, con este proyecto, los 5,2 millones de pesetas gastados hasta ese momento se elevarían a 16,8 millones, frente a los 13,2 millones que hubiera costado su propuesta.

A pesar de ello, en 1886, la Junta consultiva apoyó los planos de Ruiz de Salces y en enero de 1887 se adjudicaron las obras con un plazo de ejecución de cinco años. El objetivo era inaugurar el palacio con motivo de la celebración del cuarto centenario del Descubrimiento de América el 12 de octubre de 1892. “No fue posible. La regente María Cristina no pudo inaugurar la Exposición Histórico-Americana programada dentro del IV Centenario del Descubrimiento de América hasta el 11 de noviembre de 1892. Al acto no pudo acudir Jareño, pues había fallecido tan solo tres días antes”, indica Gema Hernández.

El día de su inauguración, los madrileños no pudieron ver las esculturas de la fachada de Recoletos -Alfonso X y San Isidoro, de José Alcoverro; Nebrija, de Anselmo Nogués; Luis Vives, de Pedro Carbonell; Lope de Vega de Manuel Fuxá, y Cervantes, de Juan Vancell- ni de Serrano -dos esfinges en bronce, de Francisco Moratilla; Berruguete, obra de Alcoverro, y Velázquez, obra de García Alonso-, pues estas se instalaron en los dos años siguientes.

El inmueble, que carecía de electricidad, tampoco mostraba el frontón escultórico con la alegoría de España, encargado a Agustín Querol que fue colocado en 1902 pero este edificio neoclásico, realizado con grandes muros de carga y una estructura de acero y dotado de nueve patios, pronto fue considerado uno de los mejores edificios de la capital. Lo que no supieron los madrileños fue que el edificio nació dividido. El anillo perimetral proyectado por Jareño y respetado por Ruiz de Salces para comunicar las salas de exposiciones quedó cortado por un muro de lado a lado que convirtió las galerías perimetrales en fondos de saco y separó el inmueble en dos partes: la Biblioteca Nacional, con entrada por Recoletos, se quedó con las dos terceras partes y al Arqueológico, con entrada por Serrano, le correspondió el resto.

Una casa con muchos vecinos

Por fin, el 5 de julio de 1895 la reina regente María Cristina inauguró la nueva sede del museo Arqueológico. Más complicado fue la apertura de la Biblioteca Nacional. “El traslado de las decenas de miles de volúmenes desde la calle Arrieta fue una aventura. Incluso se planteó hacer una cadena humana, pero la idea se desechó”, explica Hernández Corralón. El 16 de marzo de 1896, abría sus puertas la Biblioteca Nacional y ese mismo año, en la sala noroeste de la planta principal, se instalaba el Archivo Histórico Nacional, con mobiliario diseñado por el propio Ruiz de Salces. Un año después, pero en la esquina sureste, se abrían las salas del Museo de Arte Moderno.

Como consecuencia de la presencia de tantas instituciones, todas ellas con diferentes directores y con un control absoluto sobre su espacio, el edificio se convirtió, en la primera mitad del siglo XX, en una sucesión de pasillos, escaleras, entreplantas, huecos cerrados en la fachada, cuartos de ascensores en las cubiertas… La falta de espacio hizo que en 1920 comenzaran a excavarse los sótanos y que, en 1932, se creara una sala general de lectura en la planta baja con acceso directo desde el jardín. “El Arqueológico no sufrió divisiones físicas como la Biblioteca, pero tuvo que dedicar las salas que dan a la calle Jorge Juan al museo de América, creado con fondos del mismo Arqueológico”, asegura Marcos.

Por si no era suficiente, a ello se sumaron los efectos de la guerra civil. Las joyas bibliográficas y las colecciones arqueológicas fueron trasladadas a sus plantas bajas. Los sótanos del Arqueológico fueron excavados para, con la tierra extraída, cubrir los pavimentos de las plantas altas y se protegieron con encofrados de madera las puertas y arcos medievales que se exponían. La situación se complicó cuando al Arqueológico fueron llevadas todas las piezas de cerámica incautadas en Madrid mientras en la Biblioteca se guardaban los 400.000 libros y 40 archivos procedentes de conventos y casas particulares.

Bombas sobre el patrimonio cultural

El 28 de agosto de 1936 comenzaron los bombardeos sobre Madrid, precisamente sobre la zona de la plaza de Cibeles, pero fue, a partir del 23 de octubre cuando se hicieron masivos. Solo ese mes murieron a causa de las bombas 160 madrileños y otros 269 resultaron heridos. En el mes de noviembre, Madrid continuó sufriendo bombardeos, destacando los sufridos el día 16 cuando fueron alcanzados, además de la Puerta del Sol, el museo del Prado, la Academia de Bellas Artes de San Fernando, los hospitales Clínico y de la Cruz Roja y el edificio de la Biblioteca y el Arqueológico sobre el que cayeron 28 bombas incendiarias. Aunque la mayor parte lo hizo sobre el jardín, una cayó en uno de los patios del museo -aún se ve el desconchón que dejó en una cornisa- y dos fueron retiradas, sin explotar, del patio árabe.

Estos bombardeos que pusieron en peligro el patrimonio histórico artístico español aconsejaron al Gobierno de la República organizar una evacuación de piezas artísticas a Valencia. En distintas expediciones fueron trasladados, entre otros tesoros, 500 cuadros del Prado y 300 tapices del palacio Real. “También salieron 2.000 monedas de todas las épocas que guardaba el Arqueológico. Vinieron de noche y, a la luz de linternas, metieron las monedas en dos cajas que se llevaron, primero a Valencia, y luego a Barcelona y Figueres. Lo mismo ocurrió con el tesoro de los Quimbayas. Acabada la guerra, este volvió a España y hoy se expone en el museo de América, pero las monedas fueron enviadas a México en el barco Vita y no volvió a saberse nada de ellas. Debieron de fundirse. Afortunadamente, las piezas más importantes del monetario del museo se habían metido en dos cajas de caudales que se habían cubierto con sacos terreros y que pasaron desapercibidas por quienes vinieron a recoger el oro y la plata del museo”, dice Marcos.

Setenta y cinco años después, el Palacio de Biblioteca y Museos Nacionales mantiene la misma imagen exterior pero su interior no se parece en nada al existente al terminar la confrontación. La reforma iniciada en la Biblioteca antes de la guerra, bajo la dirección del arquitecto Luis Moya, se retomó para conseguir más espacio, lo que se logró con la apertura de nuevas galerías subterráneas y con la marcha de instituciones como el Archivo Histórico que en 1952 se trasladó al nuevo edificio construido en la calle Serrano o la del museo de América que ese mismo año inauguró el edificio construido en la Ciudad Universitaria.

Pero fue en 1959, cuando se dio un salto cuantitativo cuando Moya planteó la ampliación del depósito de libros, una de las joyas de la Biblioteca. Hoy, el depósito, a cuyos ascensores se accede tras pasar el “mesetón” donde se piden los libros, impone al visitante por su capacidad -13 pisos de estanterías- pero hasta entonces lo hacía por su gracilidad ya que Bernardo Asins, discípulo de Gustave Eiffel, realizó, a petición de Ruiz de Salces, una singular estructura de siete plantas de altura en la que las columnas, vigas, forjados y enrejado en suelo y paredes, fueron fabricados en Altos Hornos de Bilbao. El resultado fue espectacular, pero Moya, en su afán de ganar espacio, ordenó excavar tres sótanos, construyó entreplantas y sustituyó las divisiones horizontales por forjados de hormigón que, si bien ampliaron la capacidad rompieron la imagen del antiguo depósito.

También Moya se ocupó a partir de 1969 de la reforma del Arqueológico donde aplicó una solución parecida a la utilizada en la Biblioteca. “La construcción de entreplantas y la ampliación de sótanos permitió pasar de dos a cinco alturas y ganar espacio. En la reforma se quitaron las cubiertas de los patios y se amplió la escalinata de entrada mediante la conversión en puertas de las dos ventanas que flanqueaban la puerta principal”, dice Marcos. Previamente,en 1964, se había realizado en el jardín, en colaboración con la Universidad Complutense y con la financiación de varias empresas alemanas radicadas en España, una reproducción de las cuevas de Altamira.

Una reforma para el siglo XXI

Hoy, ambas instituciones ofrecen un aspecto rotalmente renovado gracias a las reformas acometidas. La primera (1987-2000) fue realizada en la Biblioteca Nacional con proyecto de Jerónimo Junquera y Estanislao Perez Pita. Con un presupuesto de 57 millones de euros, se dotó a esta parte del inmueble de un eje de conexión interior gracias a la creación de nuevas crujías junto a los patios y se abrieron un nuevo vestíbulo a nivel de calle con dos accesos (uno a cada lado de la escalinata principal) y una planta sótano de exposiciones e instalaciones donde se instaló un interesante museo. En la reforma se utilizó acero y vidrio, lo que unido al suelo de madera noble y a los 39 cuadros de los galardonados con el premio Cervantes -realizados por los artistas elegidos por cada uno de los premiados- consigue dar a esta institución centenaria un aire mucho más actual.

La reforma mantuvo, no obstante, la imagen de la gran sala de lectura -la joya de la biblioteca-, decorada con los nombres de los grandes autores españoles y los escudos de todas las provincias y colonias: también se rehabilitó la sala Cervantes, dedicada a los manuscritos e incunables así como a las obras referidas al autor del Quijote, personaje cuyas aventuras aparecen plasmadas en la veintena de cuadros realizados por Muñoz Degrain. Lo mismo ocurrió con la actual sala de prensa y revistas, que mantiene el antiguo mobiliario con los escudos de las órdenes militares realizado para el Archivo Histórico. La apertura de las nuevas crujías permitió dotar al edificio de más ascensores y de instalaciones contra incendios, climatización, fibra óptica y redes informáticas. Como consecuencia de la reforma, la Biblioteca, consiguió una ampliación de 15.000 metros cuadrados, lo que unido al conjunto de depósitos, levantados en Alcalá de Henares con proyecto de Francisco Fernandez Longoria, permitió descongestionar una institución que hoy posee 30 millones de libros, documentos, carteles y audiovisuales.

Una reforma de características similares se acometió en el museo Arqueológico entre 2008 y 2013 con proyecto de Juan Pablo Frade. Con un presupuesto de 65 millones de euros, el museo creció 4.200 metros cuadrados lo que permitió aumentar la superficie de exposición un 30 por ciento. En los patios, que fueron cerrados con una cubierta acristalada, se construyó una entreplanta. Las obras permitieron dotar al edificio de dos torres de escaleras; un nuevo salón de actos y una sala de conferencias; un nuevo espacio de acogida, información, taquillas y venta de entradas; una sala de actividades; una tienda y una cafetería. La reforma fue aprovechada para restaurar la mayoría de las piezas que hoy se exponen y para cambiar el concepto museográfico para adaptarlo a los visitantes del siglo XXI.

Las reformas mantuvieron, sin embargo, la total separación de estas instituciones vecinas -en los años 80 se cerró la única puerta de conexión interior que existía- en línea con lo que ya parece un planteamiento histórico, puesto de manifiesto en numerosas ocasiones como cuando la Biblioteca Nacional restauró la verja exterior y colocó bolas de metal dorado y escudos con las iniciales B/N hasta el límite de separación. No es extraño, por tanto, que el Museo Arqueológico fuera declarado Bien de Interés Cultural en 1962 y que el “edificio” de la Biblioteca Nacional tuviera queesperar 21 años para alcanzar la misma categoría.

Fuente: Madrid Diario

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