La biblioteca de El Escorial

Pese a lo que muchos piensan, la biblioteca de El Escorial es un repositorio “que está vivo”

Madrid. Con algunas de las mejores colecciones de manuscritos latinos, árabes y hebreos, la Biblioteca fundada por Felipe II en el Monasterio del Escorial es “una biblioteca viva”, abierta a estudiosos, en la que se está realizando un profundo trabajo de conservación y restauración dirigido por el padre agustino José Luis del Valle.

Bajo la gran biblioteca abierta al público, con sus librerías de madera de indias diseñadas por el arquitecto Juan de Herrera y más de 13.000 volúmenes, se desarrolla un callado y laborioso trabajo. Cerca de seis mil manuscritos y de seiscientos incunables se conservan desde mediados del siglo XIX en una espectacular sala a la que acceden únicamente el director de la biblioteca y sus ayudantes y que era la antigua ropería del Monasterio.

“Es difícil encontrar un fondo de manuscritos tan selecto como el nuestro en latín y contamos con destacadísimos fondos en árabe, griego, hebreo y chino”, afirmó José Luis del Valle, quien destacó entre ellos los dos ejemplares de las Cantigas de Alfonso el Sabio. “Fue el Padre Claret el que se encargó de bajar a este lugar los libros, que se conservaban en una sala superior a la biblioteca. Gracias a esta iniciativa, en un incendio que afectó a la sala donde se encontraban inicialmente, pudieron salvarse”, comentó.

Desde allí salen los libros para ser consultados, en una sala de lectura cercana, por los investigadores que acuden desde diferentes países del mundo, unos 900 especialistas al año, “además de las reproducciones que enviamos cuando se nos solicita”. El número de investigadores “no es alto”, en opinión de José Luis del Valle “pero en ello influye que la mayoría de nuestros manuscritos están en latín, árabe y hebreo, por lo que hay que conocer estos idiomas para estudiarlos”.

En estas salas, en una labor oculta al público, se ha emprendido un profundo trabajo de conservación y de restauración. “Es el capítulo más importante que tenemos, junto con la automatización y son los que más financiación están teniendo por nuestra parte”. Con un presupuesto que sale de los fondos de Patrimonio Nacional, en los últimos años se viene realizando una transformación en la conservación de las piezas. Así, “se han encargado unas cajas especiales para los principales códices y para los que tienen encuadernaciones artísticas o herrajes”. Estas cajas se han introducido en unos paneles archivadores compactos situados en una sala contigua. En esta sala hay también unas grandes estanterías que albergan las cajas diseñadas para conservar el archivo de música, compuesto por una colección de libros y partituras con piezas musicales, pertenecientes en su mayoría a los siglos XVII y XVIII.

Estas piezas han sido introducidas en carpetas especialmente diseñadas para ello. Entre los dibujos se encuentran los que Gaspar de Becerra realizó para los frescos del destruido Alcázar de Madrid, o los dibujos que hizo Urbino para los techos de las Salas Capitulares. Una colección poco habitual que se conserva en el Escorial es la de los certificados de autenticidad de las reliquias que recibía Felipe II. Formada por más de trescientos certificados, cada uno de ellos han sido guardados en unas cajas diseñadas según las características de los documentos.

La Biblioteca “viva” del Monasterio de El Escorial mima sus tesoros
A estos trabajos se suman los realizados en otras colecciones, como la de monedas o de grabados, “así como el proyecto que iniciaremos próximamente para restaurar toda la parte de manuscritos árabes”, comentó Del Valle para quien es importante transmitir la idea de que la del Monasterio “es una Biblioteca viva, a la que acuden estudiosos y en la que se emprenden nuevos proyectos”. Entre ellos figura también la página web, en la que además de una amplia información se ofrece la posibilidad de consultar los catálogos de los fondos de la biblioteca, cuyos primeros libros llegaron solo dos años después que se colocara la primera piedra, hace 450 años.

Fuente: Boletín del Centro de Estudios de Bibliotecología

 

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