El rescate de Los Palacios revoluciona la archivística

Esto no es un soberao. Con este grito desconsolado pretendía llamar la atención el archivero municipal de Los Palacios a los bomberos y agentes que intervenían en la mañana del 5 de septiembre para sofocar una de las mayores hecatombes documentales que recuerdan en la historia del país en las últimas décadas. Las llamas arrasaron el archivo del Ayuntamiento donde se guardaba el patrimonio histórico-documental del pueblo, además de la memoria administrativa reciente y necesaria para el funcionamiento del Consistorio.
Como clamaba el archivero, Julio Mayo, aquello no era un desván y no fue fácil lograr que las autoridades reconsideraran la necesidad de actuar según unos criterios especializados. A pesar de los primeros momentos de tragedia, la situación se encauzó en horas y, casi sin saberlo, la intervención desarrollada estos últimos meses por este empleado municipal y un equipo de voluntarios ha dado lugar a un auténtico punto de inflexión en archivística, un referente que ya se enseña a otros archiveros y que ha supuesto una verdadera convulsión por la manera de actuar.
Una revolución y no precisamente tecnológica, sino artesanal, pues la intervención se  hizo con escasos medios, mucha creatividad y el ingenio de los vecinos del pueblo. Un trabajo en cadena en el que ha jugado un papel fundamental el gestor de recursos, que se reveló como clave desde la primera evacuación del material sinestrado a las naves donde se montó el centro de recuperación, que fue retirado bajo vigilancia policial y en un horario controlado.

Esas primeras horas fueron vitales, explica Julio Mayo, que fue rescatando del manto de lodo, según sus criterios, el material que luego vertía en dos cubas en función de su estado. No se ha tirado nada y prácticamente se ha recuperado ya la mayor parte de la documentación. “El agua es enemiga, porque humidifica los papeles y, si no se tratan a tiempo, aparecen hongos; pero también amiga porque permite la documentación llega hidratada y permite una intervención inmediata con papel secante”, explica el archivero. Una  labor de hormiguitas que se consiguió gracias a la colaboración de decenas de voluntarios, entre ellos, profesionales como los restauradores Andrés Alés, Rocío Hermosín y Yolanda Abad, que pusieron su especialización. Otros, como el juez de paz Antonio Hormigo puso en marcha la logística y el traslado con garantías de los documentos; José Carlos Arnás, fue el inventor de ideas baratas y eficaces como tendederos para libros, emparrillados para fotos, cajas ventiladas de plástico, cámaras de secado o pisos de palés con vallas metálicas; la historiadora local Inés Porras pudo participar en las primeras curas; José Gayango, un operario jubilado de Telefónica, aplicó su experiencia en humedades; y Álvaro Benavides, Diego Triguero, Rosa Gutiérrez o Manuel Mauri fueron algunos de los palaciegos que altruistamente aportaron  serenidad y horas de trabajo.

El rescate también significa una revolución por el  volumen documental rescatado en un tiempo récord -hoy hace justo tres meses- y en un momento adverso, dada la situación de las arcas municipales. Ya se están terminando de intervenir los materiales controlados y pronto volverán al Consistorio. Pero, sin duda, el rescate también es revolucionario porque ha permitido poner en valor los protocolos de actuación y despertar conciencias en las administraciones acerca de la necesidad de cuidar un patrimonio poco conocido: los archivos.

Fuente: Diario de Sevilla

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