El deterioro de la memoria escrita (IV): Por el humo se sabe donde está el fuego

“¿No me recuerdan? Soy el número 30. He estado mucho tiempo sin contar mis vivencias archivísticas porque ha habido un gran desastre en mi casa. Las llamas han acabado con parte de mis compañeros y el análisis y valoración de los daños, la limpieza y reorganización del depósito, así como la recopilación del material que podía ser tratado y recuperado, han hecho que a los sanos nos hayan trasladado a un espacio de transición durante un tiempo. Hemos tardado en adaptarnos a esta nueva estancia. Sumidos en la oscuridad y en la tristeza hemos descansado –al permanecer cerrado el archivo por causas de fuerza mayor-, y tratado de imaginar qué suerte habían corrido el resto de los documentos.
No recuerdo bien lo que sucedió. Era de noche y todos dormíamos. De pronto me despertó el grito de algunas palabras de mi protocolo, más sensibles que yo a los ruidos, cuya ubicación les impedía conocer que estaba pasando. Intentaban despertarme porque yo, desde la esquina que ocupo, puedo acceder más fácilmente al exterior y ver lo que ocurre a nuestro alrededor. Desde que me desperté descubrí un olor extraño. Un aroma que no reconocía porque nunca lo había olido antes. Me asomé al borde del protocoló y un gran bullicio me inquietó. ¿Qué sucede?, ¿Qué es todo esta bruma negra? ¿y esos destellos amarillos? Los más ancianos me informaron: ¡es fuego y humo! Me vino a la memoria una de las historias que contaban en nuestras reuniones nocturnas y, desde luego, no me gustó nada lo que suponía que podía deparar aquella situación. Conocía el peligro del fuego, pero nunca había vivido uno. Nunca pensé que llegara a suceder. Pero sí, allí estaba rodeado de humo y atemorizado por el crepitar lejano del soporte de otros protocolos. Después del humo y el fuego llegó el agua, el polvo… Realmente no sabría decir que  era peor. Todavía recordábamos lo sucedido con la cañería que se había estropeado algunos años antes. El caos fue total: fuego, humo, agua, sonido de alarmas, nervios entre los legajos… No era para menos, porque la imagen era dantesca. Con la ayuda de los bomberos, poco a poco, desaparecieron las llamas, pero el destrozo era tan grande que nadie recordaba algo igual en nuestro depósito”

Este imaginario relato bien puede corresponder a la sucesión de los hechos ocurridos en elarchivo del Ayuntamiento de Los Palacios y Villafranca (Sevilla) hace escasos días, acontecimiento del que todavía siguen ocupándose los medios de información, especialmente la prensa y la televisión. El estado en que quedó el archivo tras la acción nociva de las llamas vuelve a hacernos reflexionar sobre la existencia o no de adecuadas medidas de seguridad y protección contra incendios, así como de la idónea ubicación de los depósitos de archivos o de la aptitud de los inmuebles en que éstos se emplazan.

Si el agua y el temido ataque de los xilófagos son dos agentes externos muy perjudiciales para la adecuada conservación de la documentación de archivo, no es menos cierto que el fuego es uno de los agentes más temidos por los archiveros. En pocos minutos las llamas, a las que hay que añadir, en mayor o menos medida, el carácter nocivo de los medios de extinción (agua, polvo) pueden arrasar un depósito completo y con la transformación de éste en negras cenizas se pierde la memoria de un municipio, una ciudad o una nación. Sólo hay que ver la desoladora imagen de los operarios recogiendo el material carbonizado en Las Palacios para conocer el alcance que estos desastres pueden tener.

 http://youtu.be/JUdHluCdYvA

Pero volviendo al reciente incendio de Los Palacios y Villafranca cabría preguntarse por su enorme efecto mediático. La prensa se ocupó de la noticia de una manera poco habitual –si tenemos en cuenta de que estamos hablando de los siempre olvidados archivos-, recogiéndose un buen número de artículos sobre el tema. Pero… ¿realmente el interés estaba en que se había calcinado un archivo y con éste el patrimonio documental de un municipio? Una lectura rápida de una selección de noticias, o la visualización de los videos aquí insertos, nos puede servir de indicador sobre cuál era el interés de los periodistas: la pérdida de pruebas en un supuesto caso de corrupción. Si el incendio se hubiera producido en otras circunstancias lejanas a un caso judicial en proceso de resolución, posiblemente el hecho no hubiera tenido tanta repercusión. El archivo en sí mismo no era importante; o al menos sólo lo era en función de la trama de corrupción que podía haber ayudado a esclarecer; hecho, por otra parte, nada desdeñable que da sentido y explica, entre otras razones, por qué los archivos deben existir.

En efecto, un hecho muy positivo que ha venido a poner sobre la mesa este penoso incendio ha sido que los archivos hay que protegerlos porque en ellos no sólo se conservan viejos papeles de mayor o menor interés para los historiadores. El archivo hay que salvaguardarlo, cuidarlo y mantenerlo en las condiciones adecuadas porque en él está depositada la memoria de un pueblo. La memoria lejana y la memoria cercana. La historia inmediata y la historia pasada. Si algo “provechoso” ha tenido esta enorme pérdida es que la población ha podido percibir el papel que desempeñan los archivos -y también los archiveros, representados en esta ocasión por el diligente y profesional Julio Mayo-, como garantes de los derechos, como garantes de la tan de actualidad transparencia. Cada papel, cada documento, cada expediente perdido en ese incendio –y en cualquier otro- no es más que una pérdida de la historia y un menoscabo para nuestros derechos, porque cada documento esconde un momento de la vida de cada ciudadano y a todos debe interesarnos mantener su integridad intacta.

 

 

Fuente: El deterioro de la memoria escrita (IV): Por el humo se sabe donde está el fuego | El archivo: la gestión de la memoria.

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