El deterioro de la memoria escrita (III): ¡Cómo moja el agua!

A la archivera Elisa Carballo Carrión

porque ella sí que sabe…¡cómo moja el agua!

…Al ser un número de folio, el 30, el lugar extremo que ocupaba en el soporte me permitió salir ileso del ataque de la carcoma que afectó de manera preferente al área central del documento del que formo parte. Pero, afortunadamente el desastre no fue tan grande como los sucedidos en el pasado. Habíamos oído contar historias terribles a nuestros compañeros de estanterías en alguna de las reuniones nocturnas que celebrábamos. Sí, todas las noches cuando los archiveros se ausentaban, nos reuníamos en torno a los protocolos más antiguos. Éstos contaban viejas historias –unas reales y otras legendarias-, sobre su azarosa y larga vida. Fue en una de esas reuniones cuando se comenzó a gestar la siguiente catástrofe. Mientras una antigua carta de dote presumía de su perfecto estado de conservación frente a otras pobres que no habían corrido la misma suerte, comenzamos a escuchar un sonido limpio, penetrante y certero, a intervalos regulares, que a medida que iba transcurriendo el tiempo se iban haciendo cada vez más cortos. Sólo los más experimentados supieron identificar aquel sonido: se trataba de un goteo constante que provenía de una antigua tubería que recorría una sección del techo del depósito. Habíamos oído muchas veces a los técnicos que era necesario retirar aquellas cañerías de aquel lugar tan peligroso para nosotros, pero, como ellos también decían, nunca había habido presupuesto para ello. Ahora no había remedio…ya el goteo era casi imperceptible: ¡se había transformado en un hilo de agua que empezaba a deslizarse entre las estanterías humedeciendo todo lo que encontraba a su paso! Aquella entretenida reunión nocturna terminó muy pronto. Todos corrimos a cobijarnos en nuestras cajas para evitar males mayores. El protocolo al que yo pertenecía estaba instalado cerca del lugar donde se estaba produciendo la catastrófica acción del agua. Me llegaban noticias sobre cómo los folios de mis compañeros se iban mojando y algunas tintas se iban diluyendo manchando los soportes. La humedad ya podía percibirse en el ambiente. La temperatura había descendido y el frío hacía que algunos soportes cambiaran su apariencia. Si no amanecía pronto y los técnicos regresaban, los hongos más tarde o más temprano harían acto de presencia y entonces… el mal sería aún mayor…

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Si la corrosión de la tinta y la voracidad insaciable de los xilófagos provocan verdaderas tragedias en los depósitos documentales, no menos desastrosa es la acción degradante y destructiva que ejerce el agua sobre el material archivístico. Porque… ¡el agua moja! y esa humedad directa sobre los soportes celulósicos es el origen de deterioros muy profundos que van desde la reducción de la consistencia del papel hasta las manchas superficiales, pasando por el sangrado de las tintas y el temido, y más o menos virulento, ataque fúngico que suele llevar aparajeda. Por eso, los protagonistas de nuestra historia, incluido el número 30, hacían bien al correr hacia sus cajas a cobijarse de un chaparrón que nada positivo podía acarrearles.

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Rastro dejado por el agua al entrar en contacto con eldocumento.
© El Museo Canario

Las inundaciones se cuentan entre los deasatres más temidos por los archiveros y bibliotecarios, conocedores de lo vulnerable que es, ante estas calamidades, el material que se encuentra bajo su responsabilidad. La lluvia, las deficiencias y deterioros constructivos (goteras, grietas, etc.), los ocasionales desperfectos técnicos de fontanería -como sucede a nuestros protagonistas-, y de las instalaciones de los depósitos -incluida el agua acumulada para la extinción de incendios como recientemente hemos comprobado en Alicante-, así como las actuaciones para combatir el fuego, son las causas más habituales que desencadenan el caos acuático en un archivo.

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Documento manchado, con  desgarros causados por la acción del agua.
© El Museo Canario

Ante una inundación los libros y manuscritos experimentan una transformación evidente a simple vista: cambian de forma, se debilita el soporte y éste pierde consistencia, haciéndose más vulnerable y perdiendo su aspecto original, llegando a producrise desgarros motivados por esa debilitación que experimenta el papel. Además, el agua deja su huella sobre los documentos en forma de manchas -muchas veces motivada por la propia suciedad de ésta, pero también por una defectuosa limpieza del propio documento-. Asimismo, tal como hemos señalado con anterioridad, en el caso de que las tintas sean solubles se producirá un proceso de “sangrado” llegándose a perder la información escrita, desapareciendo así el sentido con el que fue generado el propio documento.

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Hongos surgidos a raíz de la humedad directa.
© El Museo Canario

Finalmente, no podemos olvidar a los temidos hongos que se alimentan de la celulosa y que surgen a las pocas horas de haberse producido el ataque acuoso. Animandos por la elevada humedad, los microorganismos debilitan los soportes, manchándolos en la mayoría de los casos, siendo los efectos de algunas especies muy negativos incluso para el personal del centro documental.

Pero ¿qué podemos hacer ante una inundación del depósito? Lo más importante será evitar, en la medida de lo posible,  que ese proceso catastrófico se produzca: un mantenimiento adecuado y constante del edificio en que se encuentre albergado el archivo será la mejor prevención. La vigilancia regular y la instalación de sistemas de drenaje suficientes que eviten el estancamiento del agua en caso de filtración pueden ser otras de las actuaciones a tener en consideración. El agua estancada no sólo produce daño cuando toma contacto con el documento, sino que contribuye a crear un ambiente húmedo muy nocivo.

Una vez que se ha producido la inundación habrá que tener en cuenta y recurrir al plan de desastres que la institución haya redactado previamente. De no existir éste -cosa muy habitual- será necesaria la consulta de manuales relacionados con el tema y recabar siempre asesoramiento del personal especialista en conservación y restauración, profesionales que, con su formación específica, guiarán al equipo de trabajo encargado de solucionar la catástrofe. Finalmente, mantener la calma y utilizar el sentido común, así como mucha aireación, papel secante y deshumificadores, serán, tal como nos indican todos los que se han enfrentado a este tipo de desastres, armas fundamentales a tener en cuenta. En la mayoría de las ocasiones  habrá que partir de una premisa: la teoría se quedará corta o no se podrá aplicar de manera estricta por falta de personal o de recursos. De ahí que el sentido común sea una de las mejores garantías que podremos tener en cuenta, ya que la práctica y las posibilidades reales a nuestro alcance para combatir una inundación casi siempre superarán  cualquier caso que hayamos podido leer en un manual. Esto es lo que sucedió en Santa Cruz de Tenerife en marzo de 2002 cuando una fuerte tormenta inundó parte del depósito del Archivo Histórico Provincial, así como a otros archivos ubicados en la ciudad, y obligó a poner en práctica medidas de urgencia con las que limitar las terribles consecuencias del líquido elemento sobre la documentación  (1). Un año antes se había producido una situación similar en Las Palmas de Gran Canaria, afectando la inundación y un corrimiento de tierras, al depósito del archivo del Colegio de Arquitectos. El agua y el barro acabaron con parte de la documentación, si bien el eficiente trabajo de su archivera, Elisa Carballo, y su equipo de trabajo, hizo posible que el desastre fuera cotrolado (2).

En definitiva, una inundación es una de las catástrofes más graves que puede sufrir un depósito documental en el que el papel sea el soporte más generalizado. De ahí, la importancia de contar con un plan de desastres que permita al personal conocer las vías que han de recorrerse en el caso de que haya que enfrentarse a tan trágico suceso. Un buen plan de desastres, un buen mantenimiento y una gran dosis de sentido común harán posibile que la capacidad de reacción sea mayor y más rápida, evitándose así males mayores.

A modo de resumen:

(1) Esta experiencia puede ser consultada en ARAGÓN FONTENLA, Jacobo: “Plan de emergencia para la recuperación de los fondos documentales: Informe de daños causados por el temporal del 31 de marzo de 2002 en el Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz de Tenerife”. En VV.AA.: La planificación de desastres en archivos. Planes de emergencia y protocolos de actuación. Las Palmas de Gran Canaria : Anroart, 2007, pp. 81-101
(2) Sobre esta inundación: CARBALLO CARRIÓN, Elisa: Los archivos del Colegio Oficial de Arquitectos de Canarias, p.25. Y GONZÁLEZ LA CALLE, Mª del Rosario: Los desastres naturales y humanos: de la teoría a la práctica. Actas del I Congreso del GEIIC. Conservación del Patrimonio: evolución y nuevas perspectivas, 2002
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Fuente: El deterioro de la memoria escrita (III): ¡Cómo moja el agua! | El archivo: la gestión de la memoria.

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